Una de las preguntas más frecuentes y legítimas que surge al considerar iniciar cualquier forma de terapia de salud mental es: “¿Cuánto tiempo durará el tratamiento?” Es natural desear una estimación o un plazo definido, especialmente cuando se busca alivio para el sufrimiento psíquico. Sin embargo, la terapia psicoanalítica, tal como la concibió Jacques Lacan, se distingue de otras aproximaciones precisamente por la imposibilidad de establecer una duración predeterminada. Esto se debe a que el psicoanálisis no es una “psicología” que busca la normalización del individuo, ni una “reeducación emocional”, sino una praxis dialéctica que apunta a la verdad singular del sujeto.
La duración de un análisis es, por su naturaleza, “indefinida”, ya que no se trata de una intervención externa que impone una “curación” en el sentido de supresión de síntomas, sino de un proceso que lleva al sujeto a “dar su verdadero sentido a su propia palabra” y a encontrarse con su deseo. Para comprender esto, es crucial situar el tratamiento en relación con ciertas coordenadas fundamentales de la experiencia analítica. El psicoanálisis se adentra en el campo del inconsciente, el cual, lejos de ser un “saco psíquico”, está “estructurado como un lenguaje” y se manifiesta a través de los síntomas, los cuales también son estructuras significantes entendidas como formaciones del inconsciente. La terapia se centra en el deseo del sujeto, que Lacan distingue de la necesidad, y cuya causa es el objeto a, un resto inasible que escapa a la aprehensión lógica directa. Además, la transferencia no es un mero “fenómeno perceptible” o una defensa del analista, sino la “puesta en acto de la realidad del inconsciente”, un lazo real que debe ser recorrido y trabajado múltiples veces. Este “trabajo de elaboración” (Durcharbeitung) es un aspecto “misterioso” que permite al sujeto asumir su propia historia. Así, la duración está ligada a la singularidad de cada sujeto y a las transformaciones que se producen en el discurrir de su palabra, en lugar de un objetivo final o una normalización.
Por tanto, el psicoanálisis se basa en una lógica del caso por caso y no en fórmulas generales de tratamiento. El analista, en su práctica, no busca “forzar la resistencia del sujeto”, sino más bien escuchar el discurso de este. La tarea del analista no es imponer un saber, sino permitir que el sujeto se enfrente a su propia verdad, a menudo “oculta o falseada”. El fin del análisis no es el “completo dominio de sí” o la “ausencia de escisión”, sino capacitar al sujeto para “sostener el diálogo analítico” y avanzar en una dirección ética que implica la “asunción del sujeto de su historia” y las consecuencias de su estructuración. En este sentido, la duración de una terapia psicoanalítica es tan única como la historia de cada individuo, y se despliega en la medida en que el sujeto logra articular y transformar su relación con su deseo y con su inconsciente, revelando una verdad que solo a él le concierne.
Por Paulo Palma Gallardo
En Centro Psicológico Vértice



