Dolor, memoria y vínculo

Reflexiones sobre la reparación y el trauma.

Hay experiencias que no se recuerdan, sino que se repiten.

No vuelven como relatos claros, sino como modos de estar en el mundo. A veces, en la clínica, se manifiestan como una tensión corporal constante que anticipa algo… sin saber bien qué; como una forma casi imperceptible de relacionarnos con el otro sin confiar del todo; o como rumiaciones culposas sobre lo hecho o lo callado. Otras veces, emergen como pensamientos persistentes orientados al futuro, en un intento incesante de estar preparados, incluso para situaciones inverosímiles.

El pasado, en estos casos, no se evoca; se hace presente.

Sigmund Freud intuyó tempranamente que aquello que no logra ser recordado tiende a actuarse. La repetición no aparece entonces como un simple tropiezo, sino como un intento —a veces silencioso, a veces insistente— de dar forma a lo que no ha podido inscribirse. Sin embargo, cuando la experiencia ha sido demasiado intensa, demasiado temprana, o no ha encontrado un otro que la reciba, esa repetición queda suspendida, desligada de toda posibilidad de ser pensada.

Lo vivido no desaparece.
Queda.

Queda en el cuerpo, en la manera en que se anticipa el vínculo, en la forma en que el mundo comienza a sentirse más o menos habitable.

En este contexto, los aportes del psicoanálisis relacional se vuelven clave, al complementar la comprensión del aparato psíquico singular con una atención particular al espacio entre las mentes. Siguiendo a Mitchell y Benjamin, la experiencia psíquica no se constituye en aislamiento, sino en el encuentro: en haber sido mirado, respondido y reconocido por otro.

En ese sentido, existir no es solo estar vivo, sino haber sido alojado.

Cuando ese alojamiento falta, no solo se pierde una experiencia compartida, sino también la posibilidad de que esa vivencia encuentre forma. Y entonces, lo que no pudo ser sostenido en un vínculo, comienza a repetirse en otros, como si buscara —una y otra vez— las condiciones para finalmente ser recibido.

En muchas historias clínicas, lo traumático no se organiza únicamente en torno a lo que ocurrió, sino en torno a cómo eso no fue recibido. No hubo mirada que alojara, palabra que nombrara, presencia que ayudara a metabolizar la experiencia. Lo vivido quedó, entonces, sin inscripción simbólica suficiente, pero no por ello sin huella: el cuerpo lo guarda, lo repite, lo actúa.

Es ahí donde la psicoterapia puede pensarse como una forma singular de ese sostén psíquico.

No tanto por lo que explica, sino por lo que ofrece: un tiempo que se abre y se cierra, una presencia que persiste, un espacio donde algo puede volver a aparecer sin desbordar. Sesión tras sesión, algo se repite —la llegada, el inicio, el despliegue, a veces fragmentario, de la experiencia— y en esa repetición se introduce una diferencia.

En el espacio psicoterapéutico hay…

Una mirada que reconoce.
Una escucha que no interrumpe.
Una palabra que intenta nombrar sin clausurar.

En ese contexto, la repetición ya no es una copia, sino un reflejo donde la presencia de un otro disponible posibilita que una vivencia, al ser recibida, adquiera forma. Que lo difuso encuentre borde. Que lo que antes era puro caudal de sensaciones pueda comenzar a ser sentido, pensado y compartido.

A veces, la reparación ocurre ahí.

En cómo alguien sostiene la mirada sin exigir.
En cómo nombra algo que nunca había sido dicho.
En cómo permanece, incluso cuando lo que aparece es difícil de alojar.

Y es en esa presencia atenta, cálida y continua donde a veces el cuerpo y el psiquismo pueden —muy lentamente— comenzar a inscribir otras memorias.

Por Nazareth Fuentes

En Centro Psicológico Vértice

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