The Drama (2026) o el recuerdo como interpretación

Si acaban de ver The Drama, la película de Kristoffer Borgli con Zendaya y Robert Pattinson, probablemente se quedaron con esa sensación de que algo no encaja, y no es solo por el ritmo medio “enrarecido” que tiene el director. Lo que pasa es que la película no nos cuenta una historia de amor, sino cómo el deseo se sostiene —o se cae— cuando un recuerdo aparece sin avisar.

La trama parece simple: una pareja joven, exitosa y linda se está por casar. Pero todo se va al tacho cuando Emma cuenta “el” recuerdo. No es un secreto cualquiera; es una confesión que ella suelta casi con una calma que aterra. Cuenta que a los 17 años, en un pueblo donde se sentía asfixiada, armó un plan meticuloso para entrar a su colegio con un rifle y disparar a sus compañeros. No llegó a hacerlo porque, practicando sola, el arma se disparó antes de tiempo y el estruendo le reventó el tímpano. Esa sordera que ella lleva es la marca física de una determinación que nunca se fue.

Este punto es vital: Emma no es una loca ni una asesina en potencia. Si la miramos bien, su posición es la de la histeria. Su inercia siempre es la denuncia de la norma, el desafío a lo establecido por el entorno o la imagen del “Padre” (la ley, el orden). En su adolescencia fue el rifle, y, de adolescente, es su activismo radical contra las armas. Es la misma dirección, la misma fuerza. Emma no es una “fijeza”, es metonimia deseante: su deseo no se queda quieto en el lugar de la esposa perfecta, siempre salta hacia otra cosa que rompa la farsa.

Para Charlie, este recuerdo funciona literalmente como una interpretación psicoanalítica. Es una ficha de dominó que golpea la primera pieza y hace que todo su mundo de “buen muchacho” se venga abajo. Al desarmarse la imagen sin tacha de Emma, Charlie se queda sin el guion que lo protegía de su propio deseo. Lo más impactante es cuando, en medio de ese caos interno, termina besando a su compañera de trabajo. Podría parecer una despedida de soltero improvisada por el estrés, pero es mucho más profundo: es la caída de su inhibición. Al romperse el fantasma de la “novia ideal”, Charlie se asoma por primera vez a su propia virilidad, a una posición deseante que no nace de la nada, sino que siempre estuvo ahí, reprimida por el miedo. Ese beso es el síntoma de que el dominó terminó de caer y ahora él tiene que decidir qué hacer con ese hombre que acaba de despertar.

Lo que mantiene a Charlie atado a Emma es, precisamente, lo que lo espanta. Esa intensidad de ella, esa capacidad de estar “desenganchada” de la norma, es lo que lo causa. Al final, el deseo de Charlie no es por la chica dulce de los créditos, sino por esa mujer capaz de planear una masacre. El miedo es su motor, y el beso a la otra mujer es la prueba de que ya no es el mismo obsesivo temeroso de siempre.

Y acá es donde entra lo que más me gusta: la función del recuerdo como un “reset” de la experiencia. La película usa la frase “volver a empezar” tres veces, y cada una marca un nivel distinto de la verdad:

La primera vez es al principio, cuando se conocen en el local. Ella le confiesa su sordera, Charlie se pone nervioso, actúa como un tonto (típico del obsesivo que no sabe qué hacer con la falta en el otro) y ella, con una seguridad total, le dice “vuelvan a empezar”. Ella lo sienta, lo acomoda y marca las reglas del juego. Como marca de lo real, genera el impasse que los constituirá como pareja y malentendido.

La segunda vez, al medio, es la crisis total. Después de que ella le cuenta lo del rifle, la relación se vuelve un infierno. Ella le propone parar, que dejen de pelear y que “vuelvan a empezar”. Pero Charlie no puede. Está enojado, herido en su narcisismo; todavía no puede aceptar que la mujer que ama es esa “otra” que lo asusta (y lo causa). Aquí el reset falla porque él sigue aferrado a su fantasía de control. No aguanta que la verdad (que siempre había estado ahí) le haya pinchado el globo de la boda perfecta.

Pero la escena final es la que cierra todo. Ella lo busca en ese local donde supuestamente irían a relajarse después de todo el estrés de la boda que no fue. Él acepta volver a empezar. Ese momento es la asunción de una posición. Charlie finalmente atraviesa su fantasma: acepta que ama a esa mujer con toda su carga, con su inercia incontrolable. Al defenderla antes frente a su compañera de trabajo, Charlie se prepara para este último encuentro.

Así, en cada “volver a empezar”, el recuerdo no es algo que se mira hacia atrás para entender un pasado cristalizado, sino que funciona como una interpretación en el presente. El recuerdo aparece para romper la inercia de la costumbre y forzarlos a decidir si quieren seguir jugando o si se van a bancar la verdad del deseo. Al final, el deseo de Emma es el que mueve la aguja, y Charlie, después de mucho tropezar, se decide a seguir ese norte, aunque lo asuste a morir (literal).

Por Paulo Palma Gallardo

En Centro Psicológico Vértice

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