El miedo al derrumbe: La búsqueda de un testigo para lo no vivido

En la clínica nos enfrentamos a menudo con una paradoja temporal que desafía la lógica lineal: pacientes que habitan un estado de alarma permanente, aterrados por una catástrofe que sienten inminente, feómeno además acompañado por sentimientos de culpa sin saber muy bien a qué refieren. Lo que Donald Winnicott descubrió, y que quedó plasmado en su obra “El miedo al derrumbe” (1974), es que ese desastre que el sujeto espera con angustia en el futuro, en rigor de verdad, ya ha sucedido.

Esta distorsión es la huella de una experiencia que no pudo ser procesada. Es el rastro de una “agonía primitiva” que ocurrió en un momento de dependencia absoluta en la infancia, cuando el yo era aún demasiado inmaduro para organizar el impacto del ambiente. Como el sujeto no estaba allí psíquicamente para registrar el golpe, el trauma quedó fuera de la memoria; no es un recuerdo pertenecient al al orden del retorno de lo reprimido, sino un hecho que busca desesperadamente ser experimentado para, finalmente, ser integrado.

El derecho a morir: La búsqueda de la experiencia

Winnicott ilustra esta dinámica con un fragmento clínico: relata el caso de una paciente que acudía a tratamiento con una compulsión suicida recurrente. A simple vista, el diagnóstico podría haber sido una depresión melancólica, pero Winnicott escuchó algo distinto en su deseo de muerte. Ella no quería morir para dejar de sufrir; quería suicidarse para, paradójicamente, poder registrar la muerte. Al cometer el acto, buscaba al fin tenerlo dentro de su experiencia: si iba a morir, esperaba al menos hacerlo, en palabras de la paciente, “por las razones correctas”.

Esta mujer vivía en un estado de “no-existencia”, una vida construida sobre un vacío donde el sostén original había fallado. Su impulso de quitarse la vida era, en realidad, un intento desesperado de “alcanzar el fondo”; de encontrar ese derrumbe primitivo que le fue robado porque nadie estuvo allí para testificarlo cuando era una infante. Al buscar el suicidio, ella buscaba una experiencia de muerte real que validara el vacío que sentía por dentro.

La intervención en la temporalidad:

La intervención fundamental en estos casos consiste en devolver la temporalidad a los acontecimientos que “no tuvieron lugar”. Tras trabajar este caso y reflexionar sobre el fenómeno, el mismo autor nos invita a sentenciar explícitamente ante el paciente que su padecer actual tiene un origen en un lugar olvidado:

“Usted está buscando un derrumbe que ya ocurrió, pero que no pudo ser vivido porque usted no estaba allí para que le sucediera”.

Al ponerle nombre a ese pasado irrepresentable y actuar como testigo de ese padecer, el analista permite situar un nuevo tiempo, esta vez en el lazo con el Otro.

Así, el “miedo al derrumbe” de Winnicott nos invita a replantear la forma en que pensamos la experiencia infantil. Nos aleja de la idea apresurada del sujeto como agente consciente de su historia y abre la posibilidad de una historia olvidada que —lejos de la represión freudiana tradicional— nos interroga sobre las condiciones mismas de la existencia.

Por Benjamin Castro

En Centro Psicológico Vértice

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