La verdad tiene estructura de ficción: El efecto con posterioridad y la reescritura de la historia


A menudo imaginamos la memoria como un archivo inalterable, una especie de “grabadora” interna que almacena los hechos tal cual ocurrieron, esperando ser reproducidos con fidelidad. Sin embargo, el psicoanálisis subvierte esta lógica lineal a través del concepto de Efecto con Posterioridad (Nachträglichkeit): el pasado no es una sentencia cerrada, sino una materia viva que cobra sentido solo a partir de las preguntas, urgencias y contextos de nuestro presente. No recordamos simplemente lo que pasó; recordamos lo que somos capaces de inscribir y significar hoy.
Freud descubrió tempranamente que muchas vivencias, especialmente las traumáticas, permanecen latentes a la espera de un segundo tiempo que las resignifique. En este movimiento de retroacción, la memoria opera no como una reproducción mecánica, sino como una construcción. Y es aquí donde debemos detenernos para evitar malentendidos: construir una historia, o ficcionarla, no significa inventar mentiras ni falsear la realidad. Significa, por el contrario, tomar una posición subjetiva activa frente a los fragmentos dispersos de lo vivido.
Siguiendo al historiador Michel de Certeau, podemos pensar la historia, tanto la colectiva como la singular de cada sujeto, como una operación de escritura que se sitúa siempre en el borde de lo real. La ficción, en este sentido riguroso, no es una invención fantasiosa, sino un dispositivo de verdad: es la única herramienta que tenemos para dar un orden simbólico a aquello que el pasado dejó como un hueco, un silencio o un dolor inasimilable. Ficcionar el pasado es el acto de coser esos fragmentos, otorgándoles una narrativa que permita al sujeto habitar su propia historia en lugar de ser aplastado por ella.
Esta potencia de la reescritura trasciende el consultorio clínico y encuentra eco en diversos campos del pensamiento contemporáneo, confirmando que la verdad histórica es siempre una construcción situada. Ya lo advertía el teórico de la historia Hayden White al señalarnos que todo relato histórico posee una inevitable estructura narrativa: el pasado no habla por sí solo, requiere de una trama, una ficción organizadora, para volverse inteligible. No estamos ante la falsificación de los hechos, sino ante la necesidad humana de dotarlos de sentido para que sean transmisibles.
Del mismo modo, el trabajo con el archivo cinematográfico y cultural resuena con lo que Georges Didi-Huberman denomina la “supervivencia” de las imágenes. El archivo no es un cementerio de datos muertos, sino un montaje de tiempos anacrónicos donde las imágenes “toman posición” ante nosotros, exigiendo una nueva mirada que las haga arder en el presente. Tal como ocurre en un análisis, el documento antiguo se despierta solo cuando es interpelado por una pregunta actual.
En definitiva, el efecto con posterioridad nos regala una posibilidad ética y política que Reinhart Koselleck supo describir magistralmente: nuestro “espacio de experiencia” (el pasado) nunca está clausurado, pues se reconfigura constantemente en función de nuestro “horizonte de expectativa” (el futuro).
Habilitar estas nuevas ficciones sobre lo vivido —personales y colectivas— es la condición necesaria para inaugurar porvenires que no estén condenados a la repetición ciega de lo mismo.

Por Benjamin

En Centro Psicológico Vértice

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